domingo, 25 de mayo de 2008

Diez sonrisas

Cuando aún vivía con mi familia, en mi hogar, ese lugar entrañable que siempre ocupará una parte importantísima de mi pequeño pero tierno corazón, solía mantener largas y emocionantes tertulias con mi madre. Apasionados coloquios cargados de cariño y acompañados por lágrimas y sollozos pero que finalmente siempre terminaban en largas carcajadas. Para ser sincera, me veo obligada a admitir que se traban, en muchas ocasiones, de interminables monólogos en los que aburría a mi madre con mis historias de niña adolescente. A pesar de lo cargante que podía resultarle a ella, siempre escuchaba con una sonrisa en la cara, pero no una cualquiera. En realidad, a lo largo de mi exposición oral de las crónicas sobre mi día en el colegio, solía intercalar de forma instintiva –y sin ser consciente de ello- miles de variopintas y peculiares sonrisas.

La que más utilizaba es una que está siempre en su pecoso rostro. Se trata de un gesto dulce y delicado, parece increíble que con tan sólo un movimiento de sus músculos de la boca, sea capaz de transmitir tanta alegría y comprensión. Cuando le miras y descubres esta delicada mueca, una sensación extraña recorre todo tu cuerpo, te sientes bien, te sientes acogida, protegida y querida, incluso provoca esta sensación en personas que no la conocen. Se trata de una sonrisa increíble, como nunca he visto otra igual, consigue que te sientas capaz de comerte el mundo sólo por haberla descubierto. Quizás esté siendo algo exagerada, pero realmente esa es la sensación que provoca en mí la más común de las sonrisas de mi madre.

Sin embargo, posee muchas otras aún no mencionadas. Por ejemplo, utiliza una cuando escucha algo gracioso y ésta suele ir seguida de una ruidosa y contagiosa carcajada. En este tipo de sonrisa puedes observar los blanquecinos y perfectamente alineados dientes de mi bella madre.

Otro gesto que utiliza a lo largo de nuestros coloquios tiene lugar cuando ya se encuentra algo cansada. Aún en ese momento es capaz de regalar una suave y tierna sonrisa en la que mantiene la boca cerrada y no enseña ninguno de sus dientes. A pesar de la simplicidad de este movimiento, puedes percibir en él una gran carga de comprensión y cariño.

Incluso por muy contradictorio e insólito que parezca, también tiene una sonrisa para esos momentos en los que se ve obligada a corregirte en algo o simplemente está enfada. Resulta divertido observar cómo es incapaz de esconderla. En este caso es una gesto tímido y delicado el que transforma su rostro por completo y le hace perder autoridad, pero sin la cual mi madre no sería la misma.

Recuerdo otro tipo de sonrisa que tiene lugar cuando alguno de mis hermanos interrumpe mi emocionante interpretación de los hechos y ambos nos peleamos por el turno de palabra, por ser esa afortunada persona que acapare su atención. En ese momento de histeria, se vislumbra en su blanquecina tez un gesto de resignación, alegría y orgullo al contemplar a sus hijos. Se trata de una sonrisa ladeada hacia la izquierda. Sin embargo, tiene otra muy distinta para designar únicamente un sentimiento de orgullo a secas, y ésta es la más tímida de todas, a la que acompañan unos ojos especialmente achinados.
Podría pasarme un día entero para describirte las diez exquisitas y exclusivas sonrisas que tiene, pero aún así no terminarías de conocerlas hasta que no las vieras con tus propios ojos.

Lo que quiero decir con estos cariñosos detalles de mi madre es que ella siempre está ahí, siempre que la necesite estará ahí y cuando no la necesite, también. Siempre podré contar con su apoyo y comprensión, pero sobre todo con su tiempo. Sé que siempre que quiera hablar con ella, sea lo que sea, nos sentaremos en alguna parte de donde quiera que estemos, sacará un pitillo y para mí pedirá algo o me lo preparará ella misma. Cuando ya estemos listas, me dirá: “Bueno, Mary ¿cómo ha ido hoy?”. Y en ese momento en el que empiece la apacible charla con mi madre, todos los músculos de mi cuerpo se relajarán y desaparecerá todo atisbo de tensión en mí, por el simple hecho de saber que ella está ahí sentada justo en frente, escuchando cualquier tontería que tenga que decir. El caso es que siempre, siempre, siempre me escucha. No importa nada de lo que suceda a nuestro alrededor porque nunca dejará de hacerlo ni por un instante.

Muy pocas veces era capaz de valorar la importancia de este hecho cuando lo veía a diario, pero ahora que estoy lejos, lo echo en falta, a pesar de que seguimos manteniendo extensas conversaciones por teléfono. Ahora no puedo ver ninguna de sus diez sonrisas y las extraño todos los días.

Por fin entiendo la importancia de escuchar.

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