lunes, 26 de mayo de 2008

Ayer mientras llovía



Esta imagen me recuerda a ese momento que se percibe interiormente cuando sabes que estás a punto de sacar todo lo que te atormenta y te reconcome por dentro pero bañado en irritación, cólera, desesperación, agotamiento, desconsuelo por no haber encontrado una solución a aquello que te atormentaba antes de que fuera inevitable expulsarlo. ¿Por qué costará tanto mantenerse callado, mantenerse inmune ante todas aquellas cosas externas que componen el día a día? Resulta una tarea excesivamente ardua e imposible de lograr para cualquier hombre, intentar sentirse indiferente ante lo que alborota a su alrededor. Una cruda y frustrante verdad, tan cierta como la vida misma.

En esos días en los que no quieres cruzarte con nadie. Aquellos días en los que te gustaría desaparecer, ser invisible ante las personas que parlotean sin cesar sobre todo tipo de variopintos y peculiares temas de conversación sobre los que tú te mantienes totalmente indiferente, no por nada, sino porque realmente no quieres interesarte por esas cosas. En ese momento solo quieres regocijarte en tu dolor, en ese malestar interior que atormenta tu alma con cada minuto que le dedicas. Una enorme y gigantesca masa de reproches y rencor acumulado que crece por minutos y bloquea los gestos de tu boca, impidiendo dibujar en tu rostro cualquier tipo de sonrisa o atisbo de felicidad. Creando de forma adversa el efecto contrario, tensando todos tus dóciles rasgos y convirtiéndolos en facciones duras, bruscas y violentas que reflejan tu tormento interior. El cual solo crece gracias a ti. Gracias a que sientes unas ganas inmensas de auto compadecerte sin pensar en nadie ni en nada más que no seas tú, tu y solo tú. En esto consiste el interior humano, en pensar en uno mismo abarcándolo todo en todo momento, lo de cada uno siempre tiene prioridad frente a lo de los demás y sobre todo actualmente, donde predomina la supervivencia del más fuerte, donde nadie te va ayudar a triunfar, sino que lo vas a tener que lograr tu solo, por tus propios medios. A través de esos medios que todo el mundo cree que posees pero de los que en verdad no te sientes dotado, pues no existen en ti.

Esto se convierte en otra pequeña y aparentemente inofensiva canica de frustración que se une a esa masa interior, a ese fluido de avaricia y egoísmo que empieza a ocupar tu ser por momentos. Es como cuando se derrama un líquido en un suelo de azulejos y éste entra en todos los recovecos que unen un adoquín con otro. De la misma forma, este sentimiento empieza a ocuparlo todo, sin dejar espacio a ningún otro tipo de sensación, pues en el ordinario día de hoy no has experimentado ninguna otra emoción que la supere. Por ello y sin intención alguna de luchar o combatir a esa masa pringosa que se apodera de tu ser en un día nublado, dejas que abarque todos los momentos del día. Dejas que en todo lo que haces no sea posible experimentar nada más que esa masa de frustración y dolor a la que se añade un sentimiento de asfixia por no poder quitártelo de encima. Pero es que en el fondo, tampoco quieres quitártelo porque desde tu equivocado punto de vista, te encuentras plenamente convencido de que estás en tu derecho de regocijarte en esos sentimientos, estás en tu derecho de encontrarte así porque ya estas harto de aguantarlo todo con buena cara sin tener ni una sola vía escapatoria por la que puedas expulsar lo que de verdad sientes en ese momento, simplemente porque tienes que sonreír, es tu deber y no cabe alternativa posible. “Pero no te quejes, es el camino que has elegido” piensas. Es cierto, lo sabes mejor que nadie, solo tú has elegido este tipo de tormento y lo que al principio acogiste con entusiasmo como un desafío, hoy se vuelve contra ti.

Hoy, un día aparentemente normal en el que n sale el sol porque no puedes sonreír. Te encuentras agotado, ahogado entre las cuatro paredes de tu casa que se aproximan paulatinamente intentando aplastarte como si fueras un melocotón. Te sientes, débil, pequeño, insignificante ante la globalización y la inmensidad del mundo. Te sientes inferior, inexistente, innecesario, un estorbo, algo que fue adherido en su momento pero que ahora ya no es necesario, una insignificante mota de polvo. Te sientes cansado, pesado, no puedes contigo mismo, todo pesa el doble y tú no tienes fuerzas para cargar con ese débil yugo ante la vista de todos pero que hoy se hace imposible para ti.

Parece increíble, realmente da vértigo, darse cuenta de cómo transforma la realidad la subjetividad del hombre, ese mundo interior que solo cada persona conoce. Esto es lo que crea la existencia ficticia de tantos e innumerables mundos a partir de la existencia real de uno solo.

No hay comentarios: